Basada en el estudio de un caso real, publicado por el neurólogo inglés Oliver Sacks, “La música nunca paró” (2011) es una película ambientada en los años 80 que habla acerca de un chico que vivió su juventud en la década hippie en medio de la guerra de Vietnam y el rock clásico. Lou Taylor Pucci interpreta a Gabriel, hijo de una familia clasemediera americana, la cual se desintegra cuando decide huir de su casa para seguir sus ideales.

Gabriel desaparece por casi veinte años y cuando al fin sus padres logran saber algo de él es porque le han diagnosticado un tumor cerebral que le provoca confusiones temporales debido a donde está localizado, así que es incapaz de distinguir el presente y el pasado. Durante la película no especifican el tipo de tumor, aunque sí mencionan que es benigno y es extirpado, sin embargo, ya había hecho mucho daño al cerebro. Puede tratarse de un glioma de bajo grado o intermedio el cual destruyó sistemas de memoria en su lóbulo temporal impidiéndole crear nuevos registros para la realidad.

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Sus padres desean comunicarse con su hijo pero por el estado en que se encuentra eso parece imposible. Por su apariencia, saben que vivió en la calle durante mucho tiempo pero no logran comprender nada más de lo que le ha ocurrido. Como terapia alternativa, utilizan  a una experta quien se da cuenta del cambio en la actitud y lucidez de Gabriel al hacerlo escuchar rock de los años sesentas. Una vez que Bob Dylan, The Rolling Stones o Grateful Dead (su banda favorita) comienzan a reproducirse en la terapia, Gabriel habla de manera coherente y fluida, se emociona y relata algunos aspectos de su vida los cuales van contando su historia a través de toda la película.

Henri, su padre, no comprendía a su hijo en su adolescencia y mucho menos ahora que no podía comunicarse. A través de la música no sólo logran dar un paso hacia adelante en la estimulación del cerebro, sino también a su relación padre-hijo que se había perdido veinte años atrás.