Nota del editor: Cuento ganador del «Concurso de Poesía y Narrativa» organizado por la preparatoria de la Escuela Modelo.

He venido a donde el camino de la tierra acaba y la trayectoria del vuelo de las aves pierde su sombra en la tierra. He venido a donde el cielo oculta todas sus lágrimas acumuladas, porque sé que aquí me puedo quejar a solas, sé que aquí no preocupo a nadie y a ningún ser querido se lleva mi sufrimiento conmigo. Las rocas son mi único testigo y el mar mi más grande escondite.

Hoy celebro un lustro con este sufrimiento, padecimiento fisiológico sin cura ni respeto a mi persona y mucho menos a las personas que me rodean, ¿cuántas veces he quedado mal con mis seres queridos al no estar presente en momentos importantes para ellos? Hace un tiempo que he dejado de cuantizar dichos eventos y hace algún tiempo que también yo he dejado de ser contada para esas ocasiones.

“Tu caso es uno de esos raros que le suceden a 100 de cada 10,000 mujeres, eres una chica con suerte” escuché de la voz del especialista alguna vez, pero qué suerte tan desdichada si mi propia naturaleza es la que me mata, si mi propio organismo es el que me impide funcionar como a mí me gustaría hacerlo y como lo hago la mayoría de las semanas de cada mes.

Siempre le tuve miedo al tétanos, incluso hoy. Pero si algo he aprendido en los laboratorios es a desinfectar los utensilios que uno quiere utilizar: uno se deshace de los organismos a altas temperaturas y muy alta presión. La física siempre está presente. La física de la autoclave es la que a través de este cutter podría salvarme del tétanos.

“Lo que sucede con tu cuerpo es la producción en exceso de una sustancia llamada prostaglandina, una hormona cuya función es indicarle al cuerpo tener contracciones de parto” me explicaba aquella vez un doctor en la penumbra de mi sueño en una de las muchas veces que me ingresaron al hospital. La explicación no duele tanto como el hecho en sí mismo. Cada mes es un parto, pero lejos de dar a luz vida, lo único que sale de mí son deshechos de mi organismo, desechos que me pudren de dolor mientras parten.

No concibe mi mente masoquista alguno al que le gustara este dolor. No me gusta esta realidad. No me gusta la biología: no me gusta la vida, menos su estudio.

No sé dónde hacer la incisión, no conozco las proporciones del cuerpo como debería hacerlo para poder realizar este acto sin graves consecuencias; no sé a qué altura se encuentra aquello que quiero sacar porque el dolor se expande por todo mi abdomen a tal grado de sentir que todos los órganos que hay en él son parte de esa pieza que quiero fuera de mí.

Quisiera en el fondo pedir ayuda, pedir que alguien me rescate de mi muy próximo e inevitable desangramiento –no natural- que irónicamente será el que terminará por acabarme.

¿Pero cómo podría yo pedirle a alguien que entendiera mi desdicha si ni yo misma entiendo exactamente cómo funciona?

Siento un vacío abdominal pero creo que es también el vacío que poco a poco se está llevando mi vida al abismo, creo estar perdiendo poco a poco el conocimiento…

De pronto, no hay nada más; ningún recuerdo, ningún pensamiento…

No sé nada de biología, desconozco el mundo de la anatomía y desconozco más a dónde esto llevará mi vida. Lo único que conozco es un poco de esa inerte, fáctica y formal ciencia que siento mía.

Por eso, al final de todo, lo único que descubrí de aquellos órganos es que eran más densos que el agua de mar.